Hace unos días mi mamá me despertó bien temprano con un alboroto debido a un ratón que había atrapado la Lulú. Me decía que lo tenía afuera de su pieza, en el patio, y que fuera a matarlo. Mi hermano, Juanjo, también se despertó con el escándalo y fue a ver. Arrinconamos al pobre ratón en una esquina. Le dije a Juanjo que me pasara un fierro, y me alcanzó el de una escoba.
Siempre he lamentado todo lo que se dice de los ratones, porque son muy bonitos. Este especialmente tenía una cara muy simpática, incluso tal vez con expresión triste. Para ser honesto, debo decir que tengo una dificultad de matar ciertas criaturas, porque detesto tener a mi mamá y a mi hermana encima de mi oído presionándome para que mate a una araña, por ejemplo. Yo siempre titubeo, porque tengo miedo de fallar el golpe, que salte hacia mí y me pique, y porque siento algo incómodo al imaginar su cuerpo reventándose, especialmente cuando son grandes y eso que no me gustan para nada. A veces no las quiero matar. De verdad no quería matar al ratoncito...
Hubo veces hace varios años en que la Lulú también había traído ratones, pero muy pequeños, casi bebés, y yo un par de veces se los quité y los guié hacia un hoyo que hay abajo de la pared que divide mi patio con el del vecino, porque está muy abandonado y supuse que venían de ahí. Una vez maté a uno de un solo golpe con un fierro, y ahora que recuerdo debe haber sido porque estaba mi mamá ahí. En realidad si fuera por mí, no los mataría nunca. Ahora estaba somnoliento, ahí, enfrentado a un pobre ratón gris, con mi mamá mirando asustada y mi hermana que se había despertado y comprobaba espantada desde su ventana que el pequeño roedor estaba vivo y se movía (en realidad la Lulú siempre juega con ellos y no los mata, como a las pobres lagartijas, que de todos modos corren mejor suerte cuando puedo intervenir, porque las rescato y las dejo ir).
El ratoncito se metió a un cuadrado que está bajo el nivel del suelo, donde hay un desagüe tapado con una piedra que impedía que pudiera escapar. Era relativamente fácil golpearlo, y todos esperaban a que lo hiciera, así que procedí, pero no le pegué del todo bien. Dio un salto y quedó arrinconado en el hoyo y era muy difícil pegarle de nuevo. Me obligué a pegarle nuevamente y quedó tirado de espaldas, pero aún vivo. Juanjo estaba nervioso y me gritaba "¡mátalo, mátalo!", aunque sé que él tampoco quería que muriera. A ambos nos daba pena el pobre. Presionado, comencé a pegarle en la cabeza con el fierro a modo de estocadas, pero no parecía terminar de morir, y sus reflejos, supongo, hacían que sus patitas y su cola se movieran violentamente, lo que empeoraba con cada golpe... Juanjo estaba tenso y quería que lo matara ya de una vez. Yo le decía que debían ser reflejos solamente, que ya no debía seguir vivo, pero insistía. Seguí golpeándolo y hasta a mí me dolía. Juanjo insistió y le pasé a él el fierro. Con valentía dirigió sus golpes al pecho del desgraciado animal y fue más violento y decidido que yo, aunque sé que a él le dolía tanto como a mí, o más. Él tuvo el coraje para terminar de una buena vez con el dolor del ratoncito, mientras que yo perdía el tiempo intentando causarle menos dolor, pero no consiguiendo nada. Creo que temía tanto por el sufrimiento del ratón como por el mío propio. A él no le importó ser agresivo y violento con tal de acabar de una vez por todas con esa tortura. En cambio, mientras intentaba infructuosamente aplastar de manera certera ese pequeño cráneo, yo nunca dejé de ser el mismo al que despertaron de repente, el que quería al ratón... Creo que tal vez se notaba que sentía lástima por el desgraciado incluso mientras lo mataba. Siento que logré ver entonces un matiz para mí antes desconocido de lo que es la valentía y obviamente no me he impregnado aún de ello, pero siempre hay que partir por algo y creo que fue toda una experiencia.
Luego de terminar, lo metimos dentro de dos bolsas y lo colgamos afuera, junto a toda la basura que estaban por retirar esa mañana. Volvimos a dormir y más tarde despertaríamos como si el día recién comenzara. Son bien raras y curiosas esas lagunas entre sueño y sueño.
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Debe ser un golpe tremendo cometer un asesinato, supongo que de cierta manera reacomoda el cerebro dejándolo con una configuración extraña, como si le quitaran una pequeña placa divisoria que dejara al desnudo el otro lado de los límitres preestablecidos. Como escribe Fuguet (lo sé, la groupie de mierda) "una vez abres los ojos, es imposible volver a cerrarlos". Me parece una buena frase para ilustrar lo que digo. Después puede que ya no duela tanto seguir matando.
ResponderEliminarPersonalmente, creo que mi única experiencia en la senda del crimen se remite a zancudos y arañas aplastados, un par de pulgas reventadas y más de alguna mosca. Hasta ahora, los mamíferos se me han escapado, pero me imagino que si fuera necesario lograría encontrar las agallas para no titubear, aunque tengo claro que no podría volver a ser la misma.
Como sea, que pobre ratoncito. Qué ganas de que hubiera escapado.